Cuando empezamos a oír menos, es tentador restarle importancia. “Perfecto: escucho menos pavadas en la tele y me pongo a leer más”, podríamos bromear. Leer más siempre puede ser una buena idea. Pero perder audición no afecta solo al volumen del televisor: también puede cambiar cómo participamos en una conversación, cómo nos movemos por el mundo y cómo nos sentimos con los demás.
No se trata de alarmarse ante cada “¿qué dijiste?”. Se trata de entender que, cuando hablamos de vivir muchos años y vivirlos bien, las distintas partes de nuestra salud están conectadas.
Oír menos puede significar participar menos
En una reunión familiar con varias voces, seguir el hilo requiere esfuerzo. Si empezamos a perder fragmentos de la charla, podemos cansarnos, hablar menos o evitar esos encuentros. Tal vez dejamos de ir a una actividad que disfrutábamos porque escuchar allí se volvió incómodo. Con el tiempo, el problema no es solo perder palabras: es perder oportunidades de compartir ideas, reírse y sentirse parte.
Muchas personas no notan un cambio brusco. Suben el volumen, piden que repitan o creen que los demás “hablan entre dientes”. Por eso vale la pena escuchar a quienes nos rodean cuando observan cambios, sin convertir esa conversación en un reproche.
El cerebro necesita información del entorno
La audición es una de las formas en que el cerebro recibe información y se orienta en el mundo. Cuando la señal sonora llega con menos claridad, comprender una conversación puede exigir más esfuerzo y dejar menos recursos disponibles para seguirla o recordarla. Al mismo tiempo, si participamos menos en actividades y vínculos, también recibimos menos estímulos sociales.
El cerebro se adapta a lo que hacemos y percibimos, pero eso no quiere decir que una pérdida auditiva “apague” células de forma inevitable ni que cause demencia por sí sola. Se han observado asociaciones entre pérdida auditiva no tratada, aislamiento y cambios en la salud cognitiva; las causas son complejas y no todas las personas viven el mismo recorrido. Lo importante es que escuchar mejor y sostener la participación pueden ser objetivos valiosos a cualquier edad.
Ánimo, equilibrio y vida cotidiana
Sentirse fuera de una charla puede generar frustración, vergüenza o desánimo. Algunas personas prefieren retirarse antes que volver a pedir que les repitan. Otras empiezan a desconfiar de sí mismas porque creen que “se distraen”, cuando en realidad no recibieron toda la información.
Los problemas de audición también pueden coexistir con dificultades de equilibrio; el oído participa en ambos sentidos, aunque no toda pérdida auditiva causa problemas al caminar. Si aparecen mareos, inestabilidad o caídas, es importante comentarlo en una consulta: pueden tener varias causas y merecen una evaluación propia.
Hay pasos concretos para volver a conectar
Si notás que oís menos, el primer paso no es resignarte ni comprar un dispositivo sin orientación. Una evaluación profesional puede identificar si hay cerumen, una infección u otra causa tratable, y determinar si conviene una prueba auditiva o consultar con otorrinolaringología o audiología. Una pérdida repentina de audición requiere atención médica urgente.
Según la situación, pueden ayudar distintas medidas: tratar la causa cuando es posible, considerar audífonos u otros apoyos, pedir a las personas que hablen de frente, reducir el ruido de fondo y elegir lugares donde sea más fácil conversar. Un dispositivo no reemplaza las relaciones, pero puede facilitar que sigan ocurriendo.
En una evaluación geriátrica integral, la audición se mira junto con la movilidad, la memoria, el estado de ánimo, los medicamentos y las actividades que te importan. Porque el objetivo no es simplemente oír más. Es poder seguir formando parte de lo que pasa a tu alrededor.

Dr. Juan Idiarte Borda
Médico geriatra · Fundador de Geriatría Privada
